Sueña el cerdito con llegar a ser un jabalí de grandes colmillos e ímpetu de tractor, y sueño yo con ser dueño de mi bosque y de todas las trufas que hay en él.
Me llaman marrano, chancho, puerco, cochino, cerdo, cerdito…
Dicen que soy un ser sucio, que solo tengo un propósito, que únicamente puedo vivir en las orillas de la ciudad y que debo permanecer en un espacio reducido para engordar y volverme débil.
Pero yo no como desperdicios, sino que limpio la zona. No soy comida, sino una mascota. No soy redituable, pero tengo valor.
Sé que, si escapo del chiquero y huyo al bosque, mi piel se volverá gruesa y oscura, me saldrán colmillos y me volveré valiente. También me haré millonario al convertirme en experto en trufas.
Tengo derecho a guardar mis deliciosos usos. Tengo derecho a dejar el chiquero y volverme un puerco valiente.
Tengo derecho a que vean mi rostro, no mi rib eye; a que me llamen maese capitalista y no orden de tacos.
Tengo derecho a cambiar la forma en que me percibo y, por ende, la forma en que me ven los carniceros.
Tengo derecho a contar mi historia a otros cerdos para que dejen la comodidad del chiquero y tomen la libertad del bosque.

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