Objetos que hablan

no es fácil, pero tampoco impensable, las y los talleristas atraviesan un umbral: dejar de hablar como ellos mismos para asumir la voz de un objeto cotidiano.

Así, una taza, un reloj, una fotografía o una silla comienzan a recordar, esperar, resistir o sentirse olvidados. En apariencia son objetos; en el fondo, pequeñas formas de identidad narrativa donde cada persona deposita emociones, recuerdos y fragmentos de sí misma.

A veces, decir “me siento roto” resulta difícil. Pero hacerlo desde la voz de una lámpara encendida o de un ropero cansado transforma la manera de contarse.

En estas escrituras aparecen la memoria, la comunión con los otros y la posibilidad de reinventarse desde aquello que parecía insignificante.

Quizá no sea casual que esta sección dialogue con Las hortensias, de Felisberto Hernández, ese cuento donde los objetos parecen guardar una vida secreta mientras acompañan silenciosamente la fragilidad humana.