Descubre la historia completa de doña Mary, una mujer que convirtió el dolor en esperanza.
Si yo tuviera una cuenta de Facebook, mi usuario sería: doña Mary. Así me llama la colonia entera, y yo respondo con cortesía porque ese saludo sabe a cariño.
Han pasado los años, pero sigo siendo la misma muchacha que salió de Misantla, con la fe puesta en el cielo y leyendo las nubes blancas como señales de buen augurio.
Me vine a Xalapa hace más de cuarenta años, porque en mi tierra un mes de labores apenas alcanzaba para sobrevivir. Trabajé en casas ajenas, sobre todo en la cocina, donde descubrí que el sazón es bueno para la comida, pero también para el alma.
La señora Alicia solía decirme: “He tenido muchas Mary, pero como tú, ninguna. Todo lo haces bien”. Y esas simples palabras me hacían sentir parte del mundo.
Me tocó vivir en la colonia Veracruz cuando todavía eran veredas y el lodo, en tiempos de lluvia, te llegaba hasta las rodillas. Caminaba con dos pares de zapatos: unos para embarrarme y otros para llegar limpia al banco donde trabajaba.
Porque la dignidad también se cuida en los detalles: no importa venir del fango, lo importante es no presentarse con los zapatos sucios.
Como mi madre, fui madre y padre a la vez. Ella sola nos sacó adelante; yo sola hice lo mismo con mis hijas. Por eso entiendo a los historiadores cuando escriben eso de que la historia se repite.
Un día, mientras hacía la limpieza en el banco, una vecina me robó a mis hijas pequeñas, durante cinco días. Fueron las horas más oscuras de mi vida. Pero Dios y la justicia me las devolvieron. Ahí comprendí que nadie sabe la fuerza que tiene hasta que te arrancan un pedazo del alma.

Hoy soy jubilada del Banco donde trabajé por muchos años, pero vendo hamburguesas y hotdogs en la puerta de mi casa porque a nuestra edad ya no nos ofrecen empleo. Y yo todavía tengo fuerzas para servir.
Llevo siete años con este negocio, y cuando un joven me pide un hotdog o un refresco, pienso en mis hijas de pequeñas, con hambre y esperanza. Entonces les doy. Porque dar también es un modo de vivir.
Nunca olvidaré mi infancia: un padre que golpeaba a mi madre con machete y nosotros, sus hijos, escondidos afuera de la casa para no recibir su rabia.
Por eso nunca probé el alcohol ni ando haciéndole daño a nadie. A nuestra edad lo único que merecemos es paz, porque nunca sabemos si mañana amanecemos vivos.
Una vez, regresando de la iglesia, nos enteramos de que habían encontrado a un hombre muerto cerca de casa. Yo no me di cuenta, pero mi hija mayor, de apenas seis años, salió sola para ir a ver al difunto.
Esa inocencia me marcó sobre lo que los hijos deben y no deben de ver en las calles, en la televisión, en el internet.
Aunque mi colonia sigue necesitando justicia, seguridad y oportunidades, aprendí que la esperanza también se cocina a fuego lento: en la labor de un trabajo honesto, en cada plato servido, en cada palabra fraterna que se comparte.
Mi sueño siempre fue tener una casa y sacar adelante a mis hijas. Gracias a Dios lo logré. Estoy convencida de que podemos alcanzar mucho en la vida si de verdad lo queremos. No hay que esperar todo del gobierno; basta con un poco de apoyo para seguir adelante.
Lo que sí necesitamos es más seguridad en esta colonia. Aquí la delincuencia lastima a diario: acaban de asaltar a una muchacha y hasta la hirieron, a un familiar le desvalijaron su carro dos veces, y es triste ver cómo muchos jóvenes se pierden en el alcohol y las drogas.
Yo sigo creyendo que, aun con todo, la esperanza se mira como se mira el plato de comida en la mesa, como miro mi negocio de 5 de la tarde a 11 de la noche: con trabajo, con fe y con dignidad.

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