El lodo que me dio la vista: una historia de amor y repostería

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4–6 minutos

*una xalapeña que, desde los pastelitos de barro en su infancia hasta su negocio actual, descubrió que los mejores ingredientes son la resiliencia y el amor de madre

En un pasaje del Nuevo Testamento se cuenta que Jesús devolvió la vista a un ciego de nacimiento untando sus ojos con barro. De igual manera, fue a través del lodo de esta tierra veracruzana, que yo, de niña, pude vislumbrar lo que sería mi futuro.

Durante las temporadas de llovizna, mientras esperaba a que mamá pasara a buscarme en la casa de la familia que nos cuidaba, me entretenía haciendo ‘pastelitos de lodo’ que moldeaba con un esmero sagrado. 

Aquel juego era mi refugio, un postre en la mente que me ayudaba a mitigar la ausencia de mi madre. Sabía que ella, quien nos crió sola, tenía que trabajar sin descanso; si no lo hacía, simplemente no comíamos.

Así, jugando, aprendí una lección fundamental: mi mundo no estaba en las muñecas, sino en el gesto de compartir, en invitar a las otras niñas a un banquete imaginario con pasteles de tierra. Ahí empezó todo: con la fantasía, el corazón limpio y las manos enlodadas.

Soy Maribel Martínez Hernández, soy xalapeña. Vivo en la colonia Marangolas, donde las calles que hoy piso alguna vez fueron caminos de terracería. 

Y no en pocas ocasiones, al bajar de mi casa hacia el trabajo tuve resbalones dolorosos, pero al levantarme nunca dejé de recordar que hubo un bienestar en mi infancia que nació del lodo.

Aquel sendero de ilusión, construido entre juegos de tierra, comenzó a extenderse en mi adolescencia. En la secundaria Carolino Anaya, donde estudié, nos ofrecieron talleres gratuitos de oficios. No lo pensé dos veces: me inscribí en repostería. Sin embargo, por un accidente familiar, la maestra tuvo que abandonar el curso. 

Como yo había puesto tanta atención y memorizado las recetas, terminé, casi sin darme cuenta, dando clases a mis propios compañeros. De alumna pasé a ser maestra. En ese momento, la cocina dejó de ser un simple nombre y se convirtió en destino.

A los 18 años entré a trabajar en una pizzería famosa de la colonia Fovissste. Mi puesto era para lavar trastes, pero la encargada de la repostería, una mujer mayor, vio en mí algo más. Vio a la heredera de su legado. 

Lejos de guardar sus secretos con recelo, me los compartió todos: las medidas exactas de los ingredientes, las técnicas y tiempos de cocción, los trucos que sólo dan los años: “Mari, anota esto”, me decía, “no quemes tanto el azúcar del flan, el agua para la masa debe estar tibia…”.

Gracias a su generosidad, de la limpieza pasé al horno y de éste a ser la responsable de pizzas, pays, pasteles y flanes. Con el tiempo, no sólo mi sazón era reconocida, sino también mi trato en el servicio. 

Los clientes pedían mis pizzas, mis flanes, mis manos. Pero la rutina, oscilando entre el calor del horno y el frío de la barra, me enfermó. Mi cuerpo y mi mente se fueron desgastando como se desgasta un verbo usado sin descanso en el lenguaje.

Un día me desvanecí en pleno servicio. A pesar de las ganancias que le generaba a la dueña, mi salud nunca fue una prioridad para ella. La falta de reconocimiento, después de tantos años de entrega, me hundió en una profunda depresión. Comprendí entonces una dura lección: mi talento y mi esfuerzo debían ser mi propio patrimonio.

Emprendí en diferentes etapas. Primero, junto a mi mamá, abrimos una pizzería llamada “Mari”, donde hacíamos desde pizzas hasta pasteles de boda y quince años. Luego, una cocina económica en la colonia, donde a los flanes se sumaron las empanadas y las gorditas. Pero la pandemia de la COVID-19 cayó como una helada de Perote y tuve que cerrar.

En medio de esa incertidumbre, murió mi padre. El dolor se vio agravado cuando el arrendador del local me cobró una supuesta deuda que él había dejado. Con la tristeza a cuestas y la sospecha de que se aprovechaba de mi vulnerabilidad, cubrí el adeudo vendiendo lo poco que me quedaba por Facebook.

Por fortuna, la vida me dio una nueva oportunidad porque en plena debacle emocional, hasta mi puerta llegó, hacer un par de años, una convocatoria para apoyar el emprendimiento de mujeres. Inicié de nuevo con un negocio de repostería, pero ahora desde mi casa. 

Mis clientes me buscan por redes sociales, por teléfono o por recomendación de boca en boca. Sé que mis preparaciones gustan porque la gente regresa una y otra vez. Ese es mi mayor orgullo. 

Mi pasión me ha llevado incluso a inventar recetas, como un pan de zanahoria inigualable y unas donas especiales. La repostería, como todo lo que se ama, exige una atención absoluta.

Ahora, con la experiencia que tengo sueño con abrir mis propios talleres para enseñar lo que he aprendido en carne propia: que el pan es celoso, que el tiempo del horno no se improvisa y que no basta con seguir una receta de internet.

Si me preguntan cuando empecé a tomar en serio esta vocación, la respuesta siempre me lleva a mis quince años. Ver a mi mamá, agotada de tanto trabajar, esmerarse en hacer mi pastel en lugar de comprarlo, me marcó para siempre. 

Fue el sabor más puro que he probado, el único que jamás olvidaré. Ese es el amor de madre que busco transmitir en cada postre que vendo. Ese detalle me enseñó la verdad más importante de mi oficio: un pastel no es sólo harina y azúcar; es un acto simultáneo de amor y entrega.

Por eso sigo aquí, entre mis moldes y ollas, con recetas a medio escribir pero grabadas a fuego en la memoria. Porque mis recetas, al igual que mis pasteles, están hechos a mano, con paciencia y con la fe inquebrantable de que siempre habrá alguien dispuesto a probar un pedacito de mi historia.

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