Abrimos la calle con pico y pala…” y el gobierno la pavimentó con tinta

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4–6 minutos

María Zavaleta fue la primera mujer albañil en Xalapa y hoy revela la existencia de una obra fantasma, la de una calle que nunca ha conocido el asfalto: la suya

Mi madrastra me descalabró una vez. Ese recuerdo lo guardo desde los siete años, como una fotografía que nunca envejece. Ella me golpeaba como golpea la tempestad en la noche: con su viento fuerte contra una puerta débil.

Me llamo María Zavaleta. Mi madre murió al darme a luz y mi padre falleció cuando yo tenía seis años. Entonces aprendí a arrimarme como perrito, quedándome dondequiera que me dieran chance.

Por eso, cuando veo a un huerfanito o a un entenado, siempre deseo que no lo estén maltratando y que, aunque sea tortillitas con frijoles, le den de comer para que no ande con hambre. Lo poquito que se tiene, siempre se puede compartir.

Me casé a los trece años con otra alma huérfana como yo. Estábamos cansados de andar de un lado para otro. Pensamos que juntos nos iría mejor. Pero cuando los hijos llegan, la vida se complica. Hay que trabajar duro para sacarlos adelante. Así que mejor ni les cuento cuántos hijos tuve.

Tengo 45 años viviendo en Xalapa. Soy originaria de Misantla. Durante un tiempo anduvimos arrimados por la ciudad hasta que levanté una casita humilde de cartón para estar con mis hijos. En esos años construían Xalapa 2000 y ahí encontré trabajo como albañil. Me tocaba descargar tráilers repletos de cemento y cal. Éramos apenas tres mujeres en la obra. Siempre trabajé sin miramientos para tener algo, para dejar algo. Pero ahora, aunque quisiera, ya no puedo. Lo que estuvo en mis manos, ya lo hice.

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La colonia donde vivo se llama Dolores Hidalgo y mi calle es Vicente Guerrero. Esa calle la abrimos nosotros mismos, a pico y pala. Éramos don Onofre, Rafa, Goyo, Erasmo y yo, haciendo faenas los fines de semana, de sol a sol. Nunca pensé en si podía o no ayudar: simplemente trabajaba. Pagamos camiones para sacar la tierra. Gracias a eso, la calle ya tiene drenaje y agua. Si hoy vinieran con la máquina para pavimentarla, no les costaría tanto.

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En tiempos del gobierno municipal de Elizabeth Morales, registraron esta calle como “obra pavimentada”, pero esa pavimentación nunca ocurrió. Así me lo dijeron en la siguiente administración del Ayuntamiento cuando pedí el apoyo. Las banquetas se consiguieron hace poco, apenas, gracias a un señor que las gestionó. Nos pedía dinero, sí, pero al menos logró que dejáramos de caminar sobre el lodo en época de lluvias.

Un tiempo fui jefa de manzana. Venían a pedirme constancias y papeles. Pero hoy, que ya no veo bien, ya no puedo servirle al pueblo como antes. Siempre me gustó pedir las cosas con respeto, porque para que te apoyen, hay que saber pedir. Ahora ya no tengo fuerzas para andar tocando puertas. Muchos gobiernos municipales sólo me dieron largas y terminé tirando los papeles de tantas gestiones que hice para buscar la pavimentación de esta calle.

Aquí todos conocemos a tres delincuentes que nunca detienen. Roban casas a plena luz del día. Una vez, a las ocho de la mañana, amarraron a una señora en su propia casa y se la saquearon. ¿Creen ustedes que la policía apareció?

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En otra ocasión, en la colonia Colosio, también amarraron a una mujer. Pero allá la gente reaccionó: defendieron a la señora, atraparon a los ladrones, les dieron su escarmiento y luego los entregaron a la policía. La gente hizo lo que la autoridad no hace.

Una vez me avisaron que mi hijo adoptivo, Ricardo Salazar, había sido detenido por unos agentes que querían llevarlo a una parte de la colonia donde no hay salida. Eso significaba una golpiza segura. Corrí y alcancé la patrulla. Me atravesé en el camino y les grité que para allá no lo llevarían, que el cuartel estaba en San José.
—Quítese, porque la vamos a aplastar —me dijeron.
—Órale, aplástenme —respondí, sin moverme.
Uno bajó y me puso la pistola en la frente. Yo le grité:
—¡Jálale! Porque quien agarra un arma es para usarla. ¡Pero yo ya estoy curada de espanto!
Al final dieron la vuelta rumbo a San José. Desde niña aprendí a defenderme y a no dejarme.

En tiempos electorales serví muchas veces como ciudadana, cuidando casillas, pero hoy ya no puedo. Eso le toca ahora a los jóvenes. El problema es que quieren que todo se les pague. No se interesan en hacer ciudadanía. En mis tiempos también íbamos a plantones, sin esperar nada. Ahora, por la edad, ya no recuerdo qué defendíamos, pero sí recuerdo cuando detuvieron a Cuitláhuac, antes de ser gobernador. Yo estuve ahí, cuando nos amenazaron con echarnos los caballos encima. Yo les grité:
—¡Échenlos si son hombres!

Por mi condición de huerfanita, nunca quise ser una carga. Y ahora, a esta edad en que la memoria ya falla, no recuerdo si alguna vez tuve grandes sueños en mi juventud. Pero sí tengo uno ahora: que antes de morir pueda ver mi calle pavimentada.

Quiero morir en mi casa. Pero con la calle como está, no imagino cómo subiría la carroza hasta acá donde vivimos. Por lo empinado del camino, imagino que sacar mi cuerpo será casi tan difícil como lo ha sido toda mi vida.

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